“La poesía contribuye a esta diversidad creativa al cuestionar de manera siempre renovada la manera en que usamos las palabras y las cosas, ...
“La poesía contribuye a esta diversidad creativa al cuestionar de manera siempre renovada la manera en que usamos las palabras y las cosas, nuestros modos de percibir e interpretar la realidad. Merced a sus asociaciones y metáforas, y a su gramática singular, el lenguaje poético constituye, pues, otra faceta posible del diálogo entre las culturas. Diversidad en el diálogo, libre circulación de las ideas por medio de la palabra, creatividad e innovación: es evidente que el Día Mundial de la Poesía es también una invitación a reflexionar sobre el poder del lenguaje y el florecimiento de las capacidades creadoras de cada persona.”
Por Mario Caparra
Dirección Letras / Instituto de Cultura
La poesía está en crisis y de esto ya hace tiempo. Gelman nos advierte en un poema “que nadie la lee mucho / que esos nadie son pocos / que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial / y con el asunto de comer cada día.”
En el Chaco no estamos exentos de estas miserias. Basta con consultar a algún librero para corroborar que la biografía -como pretexto del chimento y coartada del voyeur-, la ficción que maquilla la autoayuda y los panfletos con chapa de tesis, lideran los ránkings de las ventas. Y que en definitiva -el verso de oído resuena en las bateas- “la poesía no se vende, porque la poesía no se vende”.
El mercado del libro padece la sobresaturación de mensajes, el encandilamiento de los mass medias, la proliferación publicitaria. Un universo de ruido abruma y pierde la delgada voz de la poesía.
Sin embargo, nuestra realidad es bipolar. A menos de veinte minutos del microcentro resistenciano, a menos de dos pesos de transporte público, en más de sesenta asentamientos resisten otro tipo urgencias.
En estos universos periféricos, estos márgenes cada vez más próximos, la poesía enfrenta un manto de recelo y finalmente de silencio. La literatura es un juego cuyas reglas dicen no entender. Y piensan en la escuela que nunca tuvieron, en los libros que les fueron negados y la poesía claudica también en el silencio.
Yo pienso, mientras, en mi viejo, que alegre de todas las formas posibles, me cantaba tangos y valsecitos paleozoicos y temblaba. Y fue más hondo y efectivo que todos los profesores del mundo. Y la pasión de mi hermano en cada verso; y las noches del taller Ananga Ranga y recuerdo que un milagro es, en ocasiones, un pedacito de aire que sale de una boca. Nunca la poesía fue en mi vida una ecuación que espera ser descifrada; fue siempre una fiesta que merece ser compartida, un milagro que habitan dos o más personas.
Volvamos entonces a nuestras realidades: a los ruidosos centros de mercado y a sus casi inaudibles periferias. En ambos escenarios el género parecía derrotado y sin embargo, escritores y lectores nos reunimos cotidianamente a celebrar la poesía. En ese filo del bochinche y el silencio, a la intemperie de los dogmas y la educación formal, se deja celebrar la poesía y parece casi un gesto libertario, una audacia social.
En el día mundial de la poesía, esto querría obsequiarle a sus trabajadores, esta alegría tan intensa. La de no dejarse aturdir ante el bullicio; pero tampoco sucumbir en el silencio. Porque como siempre supo Gelman, la poesía puede cantar en las peores circunstancias. “Los resplandores de la poesía – Parra nos enseña-, deben llegar a todos por igual”. Y aunque mucho de lo real es el infierno, los invito a no claudicar. En nosotros perdura el desafío que nos legara Calvino: “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”
Por Mario Caparra
Dirección Letras / Instituto de Cultura
La poesía está en crisis y de esto ya hace tiempo. Gelman nos advierte en un poema “que nadie la lee mucho / que esos nadie son pocos / que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial / y con el asunto de comer cada día.”
En el Chaco no estamos exentos de estas miserias. Basta con consultar a algún librero para corroborar que la biografía -como pretexto del chimento y coartada del voyeur-, la ficción que maquilla la autoayuda y los panfletos con chapa de tesis, lideran los ránkings de las ventas. Y que en definitiva -el verso de oído resuena en las bateas- “la poesía no se vende, porque la poesía no se vende”.
El mercado del libro padece la sobresaturación de mensajes, el encandilamiento de los mass medias, la proliferación publicitaria. Un universo de ruido abruma y pierde la delgada voz de la poesía.
Sin embargo, nuestra realidad es bipolar. A menos de veinte minutos del microcentro resistenciano, a menos de dos pesos de transporte público, en más de sesenta asentamientos resisten otro tipo urgencias.
En estos universos periféricos, estos márgenes cada vez más próximos, la poesía enfrenta un manto de recelo y finalmente de silencio. La literatura es un juego cuyas reglas dicen no entender. Y piensan en la escuela que nunca tuvieron, en los libros que les fueron negados y la poesía claudica también en el silencio.
Yo pienso, mientras, en mi viejo, que alegre de todas las formas posibles, me cantaba tangos y valsecitos paleozoicos y temblaba. Y fue más hondo y efectivo que todos los profesores del mundo. Y la pasión de mi hermano en cada verso; y las noches del taller Ananga Ranga y recuerdo que un milagro es, en ocasiones, un pedacito de aire que sale de una boca. Nunca la poesía fue en mi vida una ecuación que espera ser descifrada; fue siempre una fiesta que merece ser compartida, un milagro que habitan dos o más personas.
Volvamos entonces a nuestras realidades: a los ruidosos centros de mercado y a sus casi inaudibles periferias. En ambos escenarios el género parecía derrotado y sin embargo, escritores y lectores nos reunimos cotidianamente a celebrar la poesía. En ese filo del bochinche y el silencio, a la intemperie de los dogmas y la educación formal, se deja celebrar la poesía y parece casi un gesto libertario, una audacia social.
En el día mundial de la poesía, esto querría obsequiarle a sus trabajadores, esta alegría tan intensa. La de no dejarse aturdir ante el bullicio; pero tampoco sucumbir en el silencio. Porque como siempre supo Gelman, la poesía puede cantar en las peores circunstancias. “Los resplandores de la poesía – Parra nos enseña-, deben llegar a todos por igual”. Y aunque mucho de lo real es el infierno, los invito a no claudicar. En nosotros perdura el desafío que nos legara Calvino: “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.”
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